Nada, de nada

Era en el precipicio al vacío que nacían mis palabras. Pero una vez caí, todo era nada. Nada al respirar, nada al levantarme, nada al comer, nada al hablar y escuchar. Nada fue nunca peor, porque en la nada no hay esperanza, no hay pasado que valga la pena ni futuro que te vaya a salvar. La nada es infinita, completa en su esencia, estática. La nada no es un mundo ni un sentimiento, ni una idea o un estado. La nada es nada y el ser se desvanece en su vastidad.

Pero la nada es impermanente porque a su alredeor gravita todo lo demás. A su alrededor se aglutinan las atracciones, aquello imposible de parar, aquello único que tiene el poder de devolvernos a la realidad, o de devolvérnosla. Nuestras atracciones. que siempre vuelven, en las que siempre volvemos a caer. Son atracciones de las que, sin  importar dónde estemos, no vamos a escapar. Y sea de lo que sea, nos van a llenar. Son la resonancia de nuestros cuerpos celestes, la silueta en la que encaja nuestra alma, el espejo en el que vemos el reflejo de nuestro ser y del más allá. Son mucho más que la nada que a veces dejaron a su paso. Las atracciones son las que ponen un principio y un final, orden en el caos y el norte en la brújula de la vida.

Deja un comentario