Cristal fundido

No tengo fotos enmarcadas, ni recuerdos imborrables, ni sueños rotos, ni conversaciones que no acababan nunca, ni tu curiosidad invadiendo mi vida, ni miradas que penetraran el alma.

Tengo miradas indescifrables, silencios amargos, te quieros embotellados, gestos congelados en el aire, miedos a caer en el vacío del insuficiente, lágrimas de tristeza anticipada, alegría expectante insatisfecha, deseos sin cumplir. Y impulsos por nacer muertos entre una vida y otra, entre lo que tu callabas y los perros hambrientos que yo escondía.   

Pero también tengo esperanzas florecientes, sonrisas brillantes y abrazos dulces, inspiración para llenar mundos; una historia agridulce única pero como cualquier otra.

Y tengo bombones deshaciéndose en el curso del tiempo. El olor de tu piel, tu aliento, tu casa, tus perfumes, la suavidad de tu cara, la forma de tus labios, el suave ritmo de tus movimientos. Los aplastamiento en toda regla.

No son momentos los que acechan mi conciencia, si no las reinterpretaciones de la historia. Lo que conservo no son las experiencias, sino aquello que te distingue de todo lo demás. Pedazos de ti que pierden relevancia mientras se funden en un futuro más pacífico. Al final resulta que sí me gusta coleccionar.

Y mientras, en mi corazón una mezcla que batí sin parar vuelve a su estado natural. En algún rincón, en algún momento de debilidad, decidí abandonar el manual donde decía que hay que cerrar los ojos y sentir la corriente que siempre cambia y que a veces ni siquiera puede ser percibida.

Y ahora no sé si pedir perdón o perdonar, si gritar, llorar, olvidar o celebrar.

Así que solo cierro los ojos y respiro.

Y dejo que las olas me mezan.

Deja un comentario